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Artículo incluido en la edición Volumen VII :: No.1 :: 2011

VISIBILIDAD


Los debates sociales, políticos y mediáticos, condicionan la visibilidad de los problemas que abordan. Con frecuencia, dichos debates se ven sometidos a un triple imperativo: se privilegian los hechos explícitos, inmediatos y simples. Pero, en el campo de las condiciones laborales y de la salud en el trabajo – así como seguramente en otras áreas –, el respeto de estas exigencias empobrece la comprensión de los problemas y las posibles vías de acción. Focalizarse en los aspectos manifiestos impide el acceso a las causas más importantes de los problemas y de los daños a la salud, que solamente un análisis preciso, mediante un abordaje “mayéutico”, juntos a los trabajadores afectados, permitiría elucidar (Teiger & Laville, 1991). Acercar las características simultáneas del trabajo y de la salud puede llevar a dejar de lado los efectos diferidos de las exposiciones profesionales que la epidemiología esclarece cada vez mejor (Lasfargues, 2005). En decir, optar siempre por las constataciones simples, las afirmaciones categóricas, las conclusiones de valor universal; impide considerar el carácter multiforme, multifactorial, de las relaciones entre la salud y el trabajo, asó como respetar su complejidad (Volkoff, 2005).

Es por eso, que la visibilidad de las condiciones de trabajo debe continuamente establecerse, o restablecerse. Este hecho encuentra muchos obstáculos cuyo tamaño y forma varían a lo largo del tiempo. La recogida de informaciones sobre las patologías profesionales, sobre todo las más graves como el caso del cáncer, depende de los dispositivos administrativos, siendo estos mismos son el resultado de compromisos sociales lábiles. (Thébaud-Mony, 2006). Las organizaciones productivas actuales que utilizan la subcontratación o yuxtaponen varias empresas en un mismo sitio de trabajo, están propensas a desconocer los efectos del trabajo sobre la salud (Thébaud-Mony, 2007). Sucede lo mismo con la precariedad del empleo, ya sea directo (por contratos a tiempo determinado) o de facto: la comprensión de las condiciones de trabajo y de sus efectos se dificulta por la ausencia de colectivos de trabajo estables. Algunas exigencias del trabajo son “naturalizadas” porque movilizan cualidades supuestamente innatas al hombre como la robustez o la bravura física (Dejours, 2000), y el detalle, la paciencia o la dedicación de las mujeres (Messing, 2000). Una exigencia puede también ser percibida como inherente a la práctica de un oficio, es decir, como un componente de la identidad profesional (Sorignet, 2006). De forma más general, el surgimiento de una preocupación en materia de salud en el trabajo es el objeto de una construcción social, resultante de un tanteo muchas veces largo y que implica a numerosos actores (Loriol, 2000).

Los efectos de barrera, de camuflaje, refuerzan las actitudes de negación sobre las relaciones entre la salud y el trabajo: los prejuicios relacionados con las diversas categorías de trabajadores (las mujeres, los obreros, los más viejos, los jóvenes, etc.); interpretaciones que individualizan los desafíos que, incluso, estigmatizan a las personas; la incredulidad en cuanto a los balances estadísticos o las demostraciones científicas que establecen dichas relaciones – y sobre valoración de los estudios que las ponen en duda –; en fin, la creencia en un progreso natural, que enviaría al pasado a los efectos nocivos principales. En el caso de las TME (Trastornos Musculo-Esqueléticos), por ejemplo, el carácter epidémico de la patología no impidió que predominasen durante mucho tiempo los enfoques centrados en la vida personal (con el argumento de que los dolores aparecían más durante el período de descanso que durante el trabajo) y sobre las características de los individuos: los trastornos se analizaban como manifestaciones neuróticas, sobre todo “femeninas” (Messing, 2000). De manera generalizada se difundió la idea de un reemplazo masivo de las exigencias físicas por las mentales: el número de obreros industriales disminuyó, la mecanización y la automatización se desarrollaron, y las exposiciones corporales son “por tanto” consideradas durante la actividad laboral como cada vez más raras. Asimismo, estaríamos frente a un aumento de las calificaciones, de las responsabilidades, de la autonomía laboral, que estarían acompañadas “por tanto” por un enriquecimiento intelectual y de una extensión del poder de acción en el trabajo. Nos falta espacio para desmontar estas ideas preconcebidas, nos contentamos con recordar que las encuestas estadísticas y los estudios de campo han servido para contradecirlas ampliamente y desde hace mucho tiempo (Gollac & Volkoff, 2007).

Propicio para la negación y el olvido que los acompañan, los defectos de la visibilidad pueden también, de modo paradójico, conducir a polarizar temporariamente la atención en torno de tal o cual preocupación, sin siempre preocuparse por definir mejor los términos o por verificar su novedad (Loriol, 2000). Sería interesante analizar, por ejemplo, por qué el “estrés laboral” ha ocupado durante los últimos años los titulares de numerosas revistas y periódicos. ¿Podemos suponer que el trabajo de los propios periodistas se intensificó, que las condiciones de trabajo son más difíciles, lo que los llevó a un estado que les ha permitido comprender los problemas que les son más próximos – problemas que también afectan a un número creciente de personas social y culturalmente más cercanas? ¿Podemos también decir que “el estrés” constituye, en sus formas más comunes, una denominación suficientemente vaga – y de esta forma fácilmente manipulable y presentable – para englobar las sensaciones que al ser usadas más directamente resultarían más incómodas: miedo, tedio, sobrecarga, engaño, dependencia, desvalorización del propio trabajo?

Cuando los trabajos científicos, los testimonios de los involucrados, las controversias de los actores sociales; sacan a la luz las condiciones laborales, las dificultades se pueden desplazarse hacia las causas de las malas condiciones de trabajo y, más aún, sobre las posibilidades de mejorarlas. Los orígenes primarios de los problemas y los riesgos deben, para ser percibidos, formar parte del objetivo de un trabajo de objetivación – lo que no resulta para nada fácil. De esta forma, la idea de una intensificación del trabajo, anteriormente cuestionada, hoy es admitida comúnmente (Askenazy y col., 2006), así como su impacto sobre las condiciones de trabajo y de salud de los trabajadores (Volkoff, 2008). No obstante, muchos de los dirigentes de las empresas, incluso deseando mejorar las condiciones de trabajo por razones éticas o económicas, se adhieren a la idea de que la intensidad del trabajo es garantía de prosperidad (e incluso de sobrevivencia) económica. Hacen de esto casi un sinónimo de productividad – sin que el sentido de esta palabra sea cuestionado en su totalidad. Construir, reunir, difundir los conocimientos sobre las condiciones de trabajo y sus determinantes continúa siendo una exigencia para que aumente su visibilidad. Sin embargo, esta progresión eventual dependerá en gran medida del contexto social: la feminización de la mano de obra, su envejecimiento (e también el rechazo de algunas tareas por parte de los jóvenes), la mejora de las calificaciones; podrían aumentar las exigencias cualitativas de la vida laboral. Inversamente, la existencia de altos niveles de desempleo, la individualización de las formas de malestar que son resultado de las presentes formas organizativas y de evaluación de los desempeños; comprometen un examen exhaustivo de las situaciones vividas. La cuestión es entonces relacionar estos desafíos entre sí. Dar visibilidad a las condiciones de trabajo presupone desenclavarlas y extender el desafío más allá del círculo de especialistas donde están frecuentemente confinadas.


Serge Volkoff