Diccionario

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Artículo incluido en la edición Volumen VII :: No.1 :: 2011

UTOPIA


En la historia de las ideas, los utopistas ocupan un lugar particular: sus problemas no eran los de teorizar sobre la sociedad en la que vivían para comprenderla mejor o para transformarla, sino los de mostrar sus defectos y contradicciones, contraponiéndole una organización económica y social imaginaria en la cual ambos estaban abolidos. Imaginar una “sociedad ideal” era para ellos como demostrar que la misma era posible, y que era posible llegar a ella respetando grandes principios como la Justicia, la Moral y la Razón.

Aunque el nacimiento oficial del término data de la obra de Thomas More (1487-1535) titulada Utopía en 1516 (utopía: lugar que no existe”, pero también “lugar de felicidad”), la tradición utópica remonta a Platón (La República). Sin embargo, la gran época del utopismo se sitúa en el Siglo XIX: el capitalismo maléfico y la industrialización llevaron numerosos pensadores a tratar de imagina otro mundo posible, y de esta forma mostrar que la sociedad capitalista no era un ”orden natural” como pretendían hacerlo creer sus defensores. Como era de esperarse, el Capitalismo los habría de vencer: bajo ataques violentos de la ideología liberal y del pensamiento marxista, estos son presentados en el Siglo XX como soñadores de lo imposible. En este inicio del Siglo XXI la pregunta permanece abierta: ¿los maléficos capitalistas, que dependen particularmente del trabajo, volverán a dar un nuevo vigor a la tradición utópica o deberemos considerar que todo proyecto de una ”sociedad ideal” es impensable?

Pensar lo posible

OLos primeros setenta años del Siglo XIX asisten a la conclusión de la instauración del Capitalismo. La burguesía triunfa: la industrialización de Gran Bretaña y de Francia continúa, el maquinismo se desarrolla, las grandes fábricas aparecen agrupando centenas, algunas veces millares, de trabajadores cuyas condiciones de vida y de trabajo son deplorables. Los dirigentes de las empresas exigen de sus asalariados jornadas laborales cada vez más largas con salarios cada vez más reducidos, substituyendo siempre que sea posible a los hombres por las mujeres y niños que realizan el mismo trabajo pero por salarios más bajos. Los relatos de las condiciones de trabajo en las fábricas comienzan a conmover a un cierto sector de la opinión pública, como es el caso en 1829, cuando una revista británica publica la historia de Robert Blincoe, uno de los niños empleados en una fábrica: niños y niñas, con edades sobre los diez años, son allí azotados de día y de noche, no sólo por el más pequeño error, sino para estimular la “productividad”. Para que se alimentaran debían disputar con los puercos un caldo repugnante en un pesebre común, sus jefes los golpeaban con puños y pies, abusaban sexualmente de ellos; estos niños estaban prácticamente desnudos en el frío del invierno, sus dientes estaban limados y trabajaban de catorce a dieciséis horas por día. Desde luego, es lógico que los informes “oficiales” se generaran con mayor profundidad, mas globales y rigurosos: los relatos de Ashley y Villermé publicados alrededor de 1840 dan una imagen de la clase trabajadora tan deplorable que, por un lado, la Iglesia se sintió obligada a intervenir y por otro, aparecieron y se desarrollaron las primeras críticas del Capitalismo. La primera mitad de Siglo es, de esta forma, el palco de un encuentro entre dos ideologías: por un lado un “liberalismo incondicional”, seguro de sí y dominador, que alcanza su plenitud con Fréderic Bastiat (1801-1850) y por otro, un ”socialismo romántico”, para el cual la utopía significa la razón de creer en un mundo mejor debiendo sustituir el capitalismo y que se encarna en personajes frecuentemente fantásticos y aventureros cuyos nombres son Robert Owen (1771-1858), el conde de Saint-Simon (1760-1823), Charles Fourier (17721837), Louis Blanc (1811-1882), Auguste Blanqui (17981854), Pierre-Joseph Proudhon (1809-1866) o William Godwin (1756-1836).

Todos, aunque de manera distinta, pensaron simultáneamente en otros mundos posibles e intentaron ponerlos en práctica. Todos fueron hostiles al sistema capitalista y a su fundamento esencial – la propiedad privada – y desearon su sustitución por una sociedad de propiedad colectiva. Dos ejemplos permiten delimitar la naturaleza de la utopía de estos personajes.

• Owen es seguramente el más romántico de estos. Nacido en una familia pobre de País de Gales, aprendiz pañero a la edad de 9 años, su destino parecía en ese momento completamente trazado: la vida dura y gris de un trabajador galés. Sin embargo, su gusto por la aventura, sus ideas sobre la justicia social y su imaginación desbordante, lo desviaron del camino trazado. Después de varias peregrinaciones, compra un conjunto de fábricas en la sórdida aldea de New Lanark y funda allí una comunidad. En 5 años la aldea se torna irreconocible y en 10 años se vuelve mundialmente célebre. New Lanark respiraba limpieza, en las fábricas pintadas de blanco o amarillo, no trabajaba ningún niño y la escuela era obligatoria. Los castigos estaban prohibidos y la disciplina libremente aceptada, la Asamblea General de trabajadores decidía los grandes eventos respetando la gestión de las fábricas y la población determinaba las reglas de vida de la comunidad. Además de eso, New Lanark era próspera y rentable y era este conjunto lo que le confería celebridad. Owen estaba convencido que la humanidad valía lo que valía su entorno y este le daba la “prueba experimental”. Por lo tanto no había ninguna razón, pensaba él, para no extender esta experiencia al mundo entero.

• Proudhon era igualmente de origen modesto: joven trabajador tipógrafo y autodidacta, Proudhon conservara toda su vida la obsesión de verse despreciado por aquellos que efectuaron estudios universitarios y que heredaron una cultura que es imposible de adquirir siendo adulto. Defiende la abolición total de la propiedad (“la propiedad es un robo” decía él). Rechazando la base de la autoridad (en este sentido, es frecuentemente considerado como uno de los fundadores del movimiento anarquista), propone una solución “mutualista” en la cual los individuos iguales hacen contratos entre sí, imaginando un “banco de intercambio” que haría créditos gratuitos y emitiría una moneda nueva asentada en la garantía mutua de todos los participantes, estableciendo el proyecto de una “exposición permanente” donde cada trabajador entregaría los productos de su trabajo a cambio de cupones que podían ser utilizados para la compra de otros productos, siendo la hora de trabajo el instrumento de medida.

Soñar lo imposible

A inicios del 1870, el sistema capitalista entra en su primera gran crisis. Esta dura hasta finales del siglo y estará marcada por las depresiones de 1873, 1879, las de 1882-84 y la de 1890. Las crisis bursátiles sobrevienen a las quiebras; a las épocas de libre mercado le sigue un aumento del proteccionismo a partir de 1882, la pobreza continúa desarrollándose...Este largo período de dificultades cuestiona el optimismo incondicional de los liberales de la primera mitad de siglo y parece darle la razón a los marxistas.

Por un lado, la burguesía debe renovar su ideología económica, dándole un aspecto científico a las tesis que justifican su poder y su práctica: se necesita entonces una teoría cuya aparente neutralidad sea capaz de convertir el capital y el lucro verosímiles y que demuestre la superioridad de la libre competencia sobre cualquier otra forma de organización social. La Economía Política siendo demasiado crítica y tan poco neutra, cede su lugar a la “Ciencia económica”, disciplina que utiliza métodos matemáticos de cálculo marginal para analizar las acciones del individuo ante la falta de recursos de éste (de ahí el término marginalismo frecuentemente utilizado para designar esta teoría). Esto comprobaría de manera “científica” que el capitalismo es la organización económica y social mas eficaz y justa, y que todos los que proponen otro tipo de sociedad no son más que soñadores que no comprenden nada a las leyes de la ciencia.

Por otro lado, la teoría de Carlos Marx (1818 – 1883) se afirma y se propaga. No sólo propone un análisis crítico del capitalismo, sino una “ciencia de la historia”: el socialismo científico. Y es en nombre de esta “ciencia” que la clase obrera decide liberarse del yugo de la burguesía, y de ese modo liberar a toda la humanidad. El socialismo científico se opone violentamente al “socialismo utópico”, el cual no tiene ninguna base científica y no procura ninguna alternativa a la clase obrera para conseguir establecer una sociedad mejor. La Revolución rusa de 1917 remata con la siguiente frase: el “mundo mejor”, el socialismo, existe; no está en “ninguna parte”, la sociedad sin clases que debe llevar al comunismo se construye realmente: el sueño se realiza y expulsa a la utopía a los basureros de la Historia. Es así, en nombre de la ciencia que la Historia se invierte: queriendo pensar en otros mundos posibles, la utopía será presentada en el Siglo XX como un sueño imposible, tal y como lo atestiguan los envíos sinonímicos dados por el Diccionario Petit Robert al elemento “utopía”: quimera, ilusión, espejismo, sueño, fantasía.

¿Nuevo Siglo, nuevas utopías?

Ciertamente podemos pensar que a lo largo de todo el “corto Siglo XX” (E. Hobsbawm), tanto la sociedad de la competencia perfecta así como el comunismo, funcionaron en el imaginario social como utopías, es decir como quimeras, ilusiones, espejismos, etc.; y no estaríamos totalmente equivocados. Sin embargo, es más fácil pensarlo así ahora, después de que las crisis que afectaron al mundo capitalista y al mundo soviético durante el último tercio de Siglo mostraron su verdadero rostro. A partir de la Segunda Guerra Mundial y hasta mediados de los años 70, “las utopías eran reales”: los “gloriosos treinta” parecía que no debían acabarse, los “éxitos” de la Unión Soviética servían de modelo a un número creciente de países que lograron su independencia y para las clases obreras de las naciones más desarrolladas. En esta época, se consideraban como “utopistas” y, por tanto, como soñadores marginales, aquellos que pensaban que era posible “trabajar dos horas diarias” (Adret), que reivindicaban el “derecho a la pereza” (Lafargue), los que creaban “comunidades” más o menos agrícolas, así como aquellos que “pedían lo imposible” para retomar el “lema” de 1968...

Vivimos hoy, a comienzos del Siglo XXI, en una especia de paradoja. Las capacidades transformadoras que aporta la tecnología de la información y la comunicación resultan considerables y todas las razones de querer cambiar el trabajo y la vida se encuentran presentes: nuestra sociedad debería ser portadora de un deseo utópico exacerbado, como ocurrió cuando la Revolución Industrial, a la vez por espíritu crítico y por voluntad de imaginar un mundo diferente. Sin embargo, no vemos ningún impulso utópico, todo lo contrario: una crisis del futuro, una parálisis de nuestra imaginación del futuro, un agotamiento de las vanguardias, un debilitamiento de los grandes discursos de emancipación... El rol de la utopía parece estar comprometido y borrarse de nuestros horizontes.

Esta “crisis del pensamiento utópico” tiene ciertamente varias causas que podríamos analizar para encontrar alguna salida:

• El desmoronamiento de la fuerza propulsora de los “modelos”, ya sean capitalistas, socialistas, autogestionarios u otros. Nadie quiere continuar a imaginarlos como modelos ideales y nadie quiere vivirlos como modelos de gobernabilidad. Las experiencias del Siglo XX, específicamente la experiencia soviética (y podríamos agregar las experiencias nazis y fascistas, las experiencias de desarrollo en los países del Tercer Mundo, etc.) mostraron todas que la felicidad de la humanidad no se podía concebir en el marco de las “sociedades modelo”, donde los seres humanos debían conformarse y obedecer determinadas normas;

• Los efectos de las crisis que acompañaron el desmoronamiento de dichos modelos (el deterioro de las condiciones de realización del trabajo, el incremento de la pobreza y de las desigualdades, el cuestionamiento de la protección social, etc.) condujeron inevitablemente no tanto a imaginar un futuro mejor, sino a mitificar el pasado. Algunos (tal vez no tantos) lamentan la desaparición de la sociedad soviética y el papel que ella desempeñaba en el plano internacional, en lo que se refiere el apoyo a los pueblos del Tercer Mundo luchando contra el imperialismo, y muchos consideran que el desarrollo industrial, el empleo y la protección social que los “gloriosos treinta” trajeron a los países occidentales, son referencias convincentes para el hoy y el mañana;

• Finalmente, el fracaso de las experiencias social-demócratas, tanto en los países del norte como en los del sur, en su voluntad anunciada de “cambiar la vida”, reduce todavía más las perspectivas transformadoras globales y margina las tentativas de vivir y trabajar de otra manera

En estas condiciones, si el deseo utopista quiere salir de la crisis que atraviesa, tiene que considerar otros mundos posibles con nuevas direcciones. Algunas premisas pueden, eventualmente, encontrarse en las tesis sobre el decrecimiento o sobre la ecología. Sin embargo, lo esencial se encuentra ciertamente en otro lugar: en la búsqueda de una sociedad democrática, en la que todas las personas serían consideradas como iguales en todas las dimensiones de igualdad, de ciudadanía al reconocimiento de sus conocimientos, renovando así el esfuerzo que fue realizado hace ya casi tres Siglos por la filosofía de las luces.


Renato Di Ruzza