Diccionario

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z
Artículo incluido en la edición Volumen VI :: No.2 :: 2010

TEMPO


El tiempo en las situaciones de trabajo es semejante a una especie de ecología temporal, como un conjunto de tiempos embutidos y entrecruzados (Grossin, 1996). Tal vez, por eso sea más apropiado no hablar del tiempo, como ha sido una tradición filosófica, sino de los tiempos, de las temporalidades heterogéneas. Existe una convivencia simultánea entre el tiempo único, linear, secuencial, homogéneo, el tiempo espacializado, medido por la sucesión de instantes materializados en el reloj; y el tiempo que establece lazos y conexiones, que recorre diferentes temporalidades de forma simultánea, el tiempo-devenir – cualitativo y psicológico –, entendido como duración. El primero cuenta con criterios precisos: debe ser reproducible, regular, mecánico, neutro, definido como una secuencia de instantes separados por espacios equivalentes. Funcionalmente, el tiempo espacializado sirve para: 1) cuantificar, pues introduce el cálculo en la medición del tiempo; 2) regular los conjuntos de interacciones sociales, permitiendo que los procesos que son cualitativamente heterogéneos se hagan posibles, teniendo en cuenta la noción de “encuentro” (entre las personas, entre un tren y un grupo, etc.); 3) y orientar a la sociedad y a las personas posibilitando a la previsión (al proceso de datación introducido por el calendario). Este tiempo siempre será el mismo: ningún segundo (o datación) va a tener más valor que el otro. Son los eventos que colocamos en este tiempo que van a estar cargados de valor y de sentido (Zarifian, 2002).Este tiempo espacializado, denominado por Elias (1998) como un símbolo social, se apoya en la definición consensual de ser una norma que establece la duración (anual, semanal, diaria) del trabajo y de las pausas (por descanso o por vacaciones), proponiendo, además, de forma implícita, una estabilidad del funcionamiento humano, sean cuales sean las horas y las duraciones del trabajo (Quéinnec, 2007). Mientras tanto, para enfrentar el reto de considerar a las personas en los espacios de trabajo, y a las temporalidades presentes en ellos, tenemos que considerar al conjunto de otros movimientos posibles. O sea, se impone un tiempo que relacione las duraciones, un tiempo-devenir. De acuerdo con una visión antropocéntrica, Quéinnec (2007) identifica cuatro componentes en el tiempo laboral: el tiempo dentro del trabajo, que se relaciona con las exigencias temporales de las tareas y con la dinámica de los procesos técnicos; el tiempo de trabajo, correspondiente con el contrato de trabajo, con la definición de duraciones y horarios de la actividad laboral; el tiempo del trabajo, que delimita la distribución de espacios de trabajo y de no-trabajo, configurándose de acuerdo al uso del tiempo; y el tiempo en el trabajo, que incluye las características temporales del funcionamiento humano.Considerando estas visiones relacionadas con el tiempo, el hablar de la relación entre el tiempo y el trabajo nos obliga al uso de la noción (o del concepto) del tiempo en el plural. Las formas dentro del, de, del y en el trabajo, colocan a los trabajadores en situaciones de conflicto, obligándolos a movilizar estrategias y formas de adaptación para dar respuesta a las demandas del proceso de producción que se está desarrollando. Conflictos que derivan de la actividad y de las condiciones de salud del corpo-si (cf. vocabulario de la ergología) y que abarcan tanto al plano físico, como al psicológico y al social. Precisamente esta ecología temporal es la que se encuentra presente en los mundos laborales.

Primera pista para la reflexión: cambios en las organizaciones y flexibilización

Pensar en este tipo de ecología remete a la reflexión sobre el tiempo en las sociedades contemporáneas, pues en los mundos laborales, las normas temporales también han cambiado. La norma temporal denominada Fordista, consolidada en el contexto industrial por la intervención de una combinación compleja entre las formas de estabilización de la mano de obra y la delimitación del espacio y del tiempo del trabajo; y la racionalización Taylorista de producción, puede que no continúen siendo hegemónicas en el Siglo XXI. A partir de los años 80 y 90 del Siglo XX hubo una tendencia creciente a la diversificación de los tiempos de trabajo, inseparable de la forma más general de empleo/salario. Durante las últimas décadas, otras alternativas aparecieron, siempre en espacios significativos de los mundos laborales, haciendo al proceso todavía más complejo, diversificando los intereses de los empleadores que se encaminaron hacia la búsqueda de la flexibilidad, existiendo una clara modificación de la composición del asalariado gracias, entre otros factores, al aumento de las calificaciones disponibles y del empleo femenino. Estos cambios hicieron más pertinente a la noción de disponibilidad de tiempo (Martinez, 2007), representando adecuadamente a las tentativas de sincronización de las actividades productivas y de los procesos de diferenciación del asalariado. Se manifestó una individualización del tiempo y una tendencia a anualizar las horas de trabajo y de descanso, presentadas en diversos arreglos como el contrato por tiempo determinado, las horas de trabajo extra, el banco de horas, etc. De este modo, las referencias temporales pudieron ser más fluidas y, sin embargo, ya sea contando o no el tiempo de trabajo, la eficacia de la organización se apoyó básicamente en la disponibilidad de tiempo (en todos los aspectos) y en la implicación subjetiva de los trabajadores (donde el tiempo tuvo un potencial decisivo como dador de sentido). De manera que las formas de disponibilidad de tiempo y de aceptación de las condiciones laborales fueron cada vez más determinantes para el funcionamiento del mercado de trabajo y en la división social y sexual del empleo (Alaluf, 2000). Este hecho trajo la necesidad de una articulación entre el tiempo-devenir y el tiempo espacializado.

Segunda pista para la reflexión: polos de la ecología temporal

De acuerdo con la perspectiva ergológica, Schwartz y Durrive (2007) definieron a la historia humana como un espacio con tres polos: la gestión, el mercado y el derecho. El primer polo, el de la gestión, se refiere a la actividad humana y es el espacio dramático del uso de sí, de los debates sobre las normas, de las gestiones del y en el trabajo. El segundo polo, en el de la sociedad en que vivimos, está orientado hacia los valores mercantiles, el mercado, y tiene un peso importante en la reconfiguración del conjunto de la vida (social, política, cultural) con los valores dimensionados. El tercer polo es el espacio donde están en juego los valores que no se consiguen medir en cantidades como el bienestar de la población, el acceso a los cuidados, el desarrollo de la cultura, el buen vivir en el ambiente – humano, rural o del planeta. Entre estos tres polos existe una tensión de forma permanente. Los tres polos se corresponden con tres temporalidades diferentes, pero relacionadas entre ellas. De esta forma, nuestras sociedades conviven con el reto permanente de funcionar en tiempos-valor diferentes. De acuerdo con esta configuración, pueden pensarse los tiempos vividos en situaciones de trabajo (Schwartz & Alvarez, 2001).

El polo del mercado y de la temporalidad mercantil: en la temporalidad mercantil parece haber una incompatibilidad entre los ritmos de la vida individual y objetiva, y los tiempos de trabajo aprendidos como mercancía (tiempo espacializado). Apoyando esta situación extrema, se encuentra el tiempo de las circulaciones financieras, de las redes sin fronteras, de los mercados conectados, del curso instantáneo de las tasas de cambio, de las acciones, de los productos derivados; que funcionan en espacios de tiempo cada vez más cortos y que parecen haber soltado sus amarras a otras temporalidades de la vida. Mientras tanto, también encontramos la gestión de otro tiempo-valor, pues quedó demostrado que las renovaciones teóricas en las relaciones mercantiles consideran al tiempo como un factor de inseguridad. Podemos filtrar, entonces, en las relaciones económicas, una temporalidad procesal, un tiempo de acontecimientos, un tiempo-devenir que nos hace creer que, probablemente, el tiempo del mercado deba negociar compromisos con otros tiempos-valores diferentes a los suyos. Si no fuese así, cómo podríamos analizar la “relación de servicio” y de los valores involucrados, donde el tiempo puede influir de manera significativa como elemento de calidad en la prestación del servicio (Zarifian & Gadrey, 2002). La ejecución de forma eficaz, que se manifiesta en el menor índice de pérdidas y de repeticiones, y que es importante cuando estamos tratando con equipos y materiales de alto costo financiero, por ejemplo, resulta un componente importante para la evaluación de la calidad, pues el no hacerlo trae como consecuencia grandes pérdidas financieras. De este modo, uno de los conflictos presentes cuando se hace un servicio radica en el tema de los plazos versus los costos de las operaciones versus la integridad del sistema. En esta ecuación, el factor tiempo está presente también en la posibilidad de “hacer las cosas bien de la primera vez”, lo que nos lleva a las competencias y al polo de la actividad.

El polo de la actividad y la temporalidad ergológica: “Hacer las cosas bien de la primera vez” remite a las competencias (Zarifian & Gadrey, 2002), a los elementos que la componen, a la alquimia delicada y sofisticada (Schwartz, 1998). La expresión hace referencia a la inteligencia kairos, la gestión del instante – buen momento para decidir y para hacer – que es una copia inexacta de la realidad que presupone la elección de puntos de atención, de vigilancia, de ayudas preferenciales, de formas de comunicación y de transmisión, de esbozos del mundo y de los bienes comunes en el corazón de la actividad, que van a permitir actuar de acuerdo con las competencias. La actividad siempre va a tener algo de imprevisto. Es potencialmente micro “recreadora”. Desde esta perspectiva, la noción que se tiene de competencia debe considerar al menos tres elementos que no se relacionan fácilmente: 1) las normas antecedentes, que encuadran fuertemente toda la situación relacionada con el trabajo; 2) lo histórico y lo incesantemente inédito; y 3) la dimensión de los valores, que deben gestionar a lo inédito, tomar decisiones. Estas dimensiones son heterogéneas e inconmensurables: incomparables. En todas ellas nos encontramos con elementos y temporalidades diferentes. Esa temporalidad de la actividad, opuesta al tiempo del reloj o a un cuadro temporal homogéneo, podría estar más relacionada con la “salud” que se intentar formar a través de un medio técnico, humano, económico; saturado por diversas normas. Relación que puede recrear normas actuales, como la forma encontrada por el ser vivo, de instaurar nuevas normas en su entorno (Canguilhem, 1995). En este movimiento creativo, siempre habrá una devolución, a sí mismo y a los conocimientos individuales y colectivos, adquiridos previamente por las condiciones (técnicas, materiales, comerciales, financieras) que se presentaron en su momento, y que se pusieron en práctica durante la actividad laboral. Existiendo, al mismo tiempo, una construcción del compromiso existente a partir de las diferentes formas de estructuración del patrimonio: por los procedimientos, por los recursos del lenguaje y de las comunicaciones, por las sinergias locales. El tiempo es también tiempo de ajuste a los tiempos profesionales e internos – de sí mismos y de otros. Volvemos, entonces, a las competencias, pues existe una variabilidad constitucional del propio medio que hace a las personas recurrir a la particularidad de sus experiencias y encontrar en ellas los recursos para enfrentar lo que encontramos de inédito en la situación actual, los eventos que convocan al tiempo-devenir. Estos recursos van a ser el lenguaje, los valores, el uso industrioso de si, los momentos de la vida biológica, psicológica y cultural; las múltiples circulaciones que en él existen, un corpo-si (Schwartz & Durrive, 2007) mediando y cristalizando un núcleo común y vago de “competencias para la vida”, que cada individuo pone en práctica de forma diferente (Schwartz, 1998). La temporalidad ergológica también se encuentra presente en los procesos socio-técnicos. El andamiaje técnico y tecnológico que forma parte del universo de las prescripciones posee ciclos de vida que son tiempos específicos para el uso y el descarte, y necesita de mantenimiento y de paradas técnicas que, cuando no son respetadas, se pueden convertir en un “modo degradado de funcionamiento” (Wisner, 1997), desafiando a las normas de seguridad y potenciando los riesgos. Estos aspectos requieren de una temporalidad que muchas veces no se encuentra sincronizada con las metas productivas, elementos que constituye una forma de presión temporal del polo del mercado.

El polo político y la temporalidad del bien común: Interactuando con los dos polos descritos anteriormente, aparece el polo del político y del derecho. Este es el polo del bien común, de los valores “sin dimensión”, un espacio específicamente del político, de la politéia, donde se crean los valores sobre los que se hacen debates – un espacio para el ejercicio democrático –, en nombre de los que deliberamos y legislamos, o sea, damos orden, lidiando con las fuerzas que actúan en el juego político. A este polo pertenecen las leyes, los reglamentos, las políticas públicas que se traducen en la práctica como normas antecedentes. En cuanto a la temporalidad, vemos que siempre va a estar sujeta a los tiempos prolongados y necesarios que ocurren en los debates, casi siempre conflictivos, pues cierto número de principios esenciales (como la libertad, la igualdad, la fraternidad y los derechos humanos) deben prevalecer durante un largo intervalo en las sociedades democráticas. También se recomienda que se mantenga una cierta independencia en relación con la temporalidad del mercado para que no se destruya el andamiaje del Derecho y de las sociedades democráticas (Schwartz & Alvarez, 2001).

Estos polos y temporalidades suelen ser útiles cuando se piensa en la actividad en los mundos laborales de diferentes sectores. Incluso, el de la producción académica y el del hacer científico. Este ´hacer´ científico parece estar parcialmente consumido y determinado por los tres polos previamente mostrados, sin estar circunscrito a ninguno de ellos, presentando una temporalidad singular, presente también durante la creación: la cronogénesis. Esta temporalidad va a estar conectada al proceso de producción del conocimiento científico, fruto de las relaciones entre las temporalidades del aion (presente deforme que hace brotar el tiempo dentro de sí) y el kairos (buen momento para tomar decisiones). Durante el proceso del trabajo científico debemos mantenernos en estos momentos “sin forma” cuando una idea todavía no se concretizó en un proyecto. Por otro lado, también es necesario tomar partida y decidir. Estas dos temporalidades, identificadas en lo que permite que se formalice una “idea” en investigación científica, están en constante relación (a veces en concordancia, a veces en discordancia) y la temporalidad económica (que presenta, entre otros elementos, la búsqueda de la productividad y el atendimiento a las demandas comerciales), la temporalidad de la actividad (en el constante “ir y venir” en la búsqueda de resultados) y la temporalidad del bien común (la evaluación del regreso de los descubrimientos científicos para su uso por la sociedad). Es posible que la actividad de producción científica necesite coexistir con este tiempo que se vive, de forma concomitante, como una potencia positiva, como una ansiedad y una frustración de los investigadores.


Denise Alvarez