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Artículo incluido en la edición Volumen V :: No.2 :: 2009

ORGANIZACIÓN


El hombre nace, vive, muere en el seno de dispositivos por medio de los cuales su educación y sus actividades resultan, previamente, reguladas y coordinadas con las de los demás y sus necesidades más físicas están ya interpretadas en acuerdos sociales. Estos colectivos se perpetúan y desarrollan por el juego de los comportamientos diversos de sus miembros, aunque estos comportamientos no persigan más que objetivos personales. El individuo sólo se reproduce dentro de una comunidad que, a su vez, sólo se reproduce por él. Para caracterizar tales ordenamientos compuestos, donde se articulan realidades de diversos órdenes y procesos temporales heterogéneos, tal vez seria necesario reservar el concepto de organización, distinguido del de institución, agrupación o empresa. El esquema lógico de la organización se aplica de hecho a cualquier objeto compuesto por elementos en interacción regulada unos con otros y distribuidos según una configuración repetitiva: “un ser que es al mismo tiempo causa y efecto de sí mismo (…) donde las partes están en relación entre sí bajo el control del todo”, como dice Georges Canguilhem. Se sabe que este arquetipo supuso un freno para muchos pensadores y, en particular, obligó al viejo Kant a repensar las primeras formulaciones de su filosofía.


El ser organizado en las antiguas nomenclaturas es, seguramente, el ser vivo: pero también, por analogías observadas desde hace tiempo, la comunidad de los humanos. Hobbes explicita y corrige esas viejas metáforas. Su Léviathan es un organismo compuesto de elementos que son, igualmente, ellos también organismos, si bien en otro orden de realidad. El frontispicio de su libro muestra un personaje gigantesco compuesto por una multiplicidad de humanos aglomerados. El escándalo, aún vigente, que provoca Hobbes, nace de la afirmación de que este colectivo, necesariamente provisto de características y necesidades muy diferentes de las de sus miembros, se impone a éstos como una segunda naturaleza. Las relaciones entre los individuos, en las que estos se constituyen, no son posibles y formadoras más que si lo que los une, a saber, el colectivo mismo y las reglas que lo expresan, les resultan inaccesibles. La libertad de la persona, su individualización, no se verifica más que por este desdoblamiento irremediable del hecho humano.


¿Un organismo cuyas partes son ellas mismas organismos? Esta matriz de complicado uso se aplica tanto en materia de sociología como de biología. François Vatin describió la elaboración cruzada de los conceptos de organización en las dos disciplinas. Mostró el destino de un esquema de desarrollo que, partiendo de formas simples, aditivas, conduce a figuras articuladas cuyos componentes son complementarios. De la colonia de semejantes observables en los pólipos a la “división fisiológica del trabajo”: ese proceso definido por los naturalistas inspiró, evidentemente, las tesis de Durkheim.


En el transcurso de una génesis tal se afirman contradictoriamente la individualización del todo al mismo tiempo que la de sus elementos, la una por la otra, ambas siempre inacabadas. Gilbert Simondon, estudiando la constitución del objeto técnico, aísla un movimiento análogo. La máquina, construida juntando y animando instrumentos antiguos, se analiza en su origen como la ordenación de diversas operaciones. Pero de esta sinergia nacen procedimientos híbridos desdoblándose en nuevas funciones que no pueden ya describirse fuera del aparato que las realiza. Por ejemplo, en el funcionamiento y el vaciamiento de los altos hornos, múltiples transformaciones físicas y químicas originales se efectúan conjuntamente, las unas por las otras. En el seno de los objetos técnicos complejos las fases específicas se encadenan en el interior de un proceso productivo, él también específico. Si ocurre que el mecanismo global integra tan perfectamente sus componentes que estos se vuelven indistinguibles, entonces la máquina unificada está destinada a entrar en un aparato más amplio y a convertirse, a su vez, en una parte más o menos identificable de una maquinaria automática.


El esquematismo de la organización se muestra ligado al de la individualización. ¿Como aprehender estas autonomías heterogéneas, inciertas y móviles, jamás separadas y jamás confundidas, la del elemento y la del colectivo? Tal vez se deba admitir que cada análisis sociológico explota una interpretación singular de este arquetipo, por lo que ninguna formulación canónica puede pretender justificar la pluralidad de estos usos. Desde este punto de vista, la versión más común de este dualismo es también la más enigmática y, tal vez, la más estéril. Esta teoría coloca al individuo y la sociedad frente a frente, interrogándose después, en un segundo momento, acerca de las conexiones que sería necesario establecer entre estas realidades previamente definidas la una sin la otra y localizadas en universos conceptuales dispares. En el colectivo, como nos recuerdan los sociólogos individualistas, la persona resulta, ciertamente, el único agente que desea, sufre, piensa y actúa: pero, referenciada en su espacio y en su desarrollo cotidiano, esta persona no es aprehendida como el polo de relación inteligible alguna. En cuanto al término sociedad, no designa nada preciso, salvo una antítesis formal al individuo aislado. Obviamente la totalidad de los hechos sociales constituye una realidad inconcebible. Si miramos más de cerca, cada hombre aparecerá inserto en redes múltiples que no se yuxtaponen, articulan y jerarquizan más que parcialmente, y que no se articulan en ninguna organización suprema. El dominio delimitado por los intercambios productivos no es el del mercado de trabajo mundial, el uno y el otro superan las fronteras políticas. Las áreas culturales, las prácticas familiares, las zonas lingüísticas no se superponen. Entre estos núcleos de relaciones siempre listos a federarse u oponerse, ¿por qué tantos análisis han privilegiado esa totalización particular, la nación formalizada por su Estado, describiendo, a continuación, una estructura a primera vista totalmente exterior a sus miembros? Confundiendo su objeto, denominado sociedad, con el Estado, institución autoritaria que encierra una población aislada, los investigadores se dotaban inmediatamente de un vocabulario amplia y comúnmente comprendido; aquel por el cual la administración hace inventario de sus sujetos y divide sus dominios. Mejor aún quizás: en esta aproximación, la relación del individuo con el colectivo es pensada de antemano y las dificultades encontradas en su formulación automáticamente resueltas. Esta relación es, efectivamente, la que el sistema representativo pretende instaurar; la que colmaría la distancia entre la burocracia y sus sometidos. Las necesidades y opiniones del ciudadano son supuestas como atravesando el conjunto de un cuerpo social cuya constitución jerárquica resulta, así, neutralizada. La persona no tendría más soberano que ella misma y la nación no sería más que el conjunto de sus miembros. En esta concepción la democracia ya no es un dispositivo en el Estado: se convierte, extrañamente, en el modelo de una sociedad realizada.


Muchas otras teorías se esforzaron en reducir el colectivo a encuentros entre individuos, a sus proyectos entrecruzados o a las convenciones que acordaron entre si; otras, por el contrario, se aplicaron a describir estos individuos como existencias condicionales o factores internos al colectivo, visibles únicamente en el orden material. Dejadas a un lado estas simplificaciones es necesario volver al esquematismo de la organización, que se ajusta mejor que otros a esta materia social multiforme, a estas redes relativamente integradas unas con otras, a estas autonomías orientadas, a estas funciones que se efectúan únicamente bajo constreñimiento del todo, aún cuando ese todo resulta múltiple, es decir, inaccesible. Al respecto todas las ciencias sociales deben necesariamente referirse al formalismo de la organización. La economía política clásica pretende escapar de él en la medida en que rechaza examinar los procesos por los cuales los sistemas que describe se reproducen, contentándose con yuxtaponer el tiempo de la inversión a la instantaneidad del mercado. Además, para animar la investigación, el modelo de la organización debe ser especificado en relaciones de diversos órdenes, en interacciones entre agentes y procesos inestables, en desequilibrios dinámicos, nociones todas ellas que no se pueden desarrollar más que por metodologías complejas y, a veces, arriesgadas.


Entonces, ¿es necesario renunciar a fundar una ciencia social empírica que, manteniéndose rigurosa y sometida a pruebas de verificación, se proponga establecer verdades constantes, crecientemente utilizables en la práctica? La escuela de la sociología de las organizaciones, cuyo origen se atribuye a March y Simon, rechaza esta conclusión. Los trabajos de esta corriente representan, sin duda, el esfuerzo más consecuente por escapar a las aporías que trabaron las viejas teorías. Se trata, en lo sucesivo, de aplicar a la materia social un modo de análisis que se supone común y reconocido en las ciencias naturales y, en consecuencia, de combinar observación reglada e investigación de leyes generales. El método de esta escuela consiste en aislar, entre las múltiplas redes de relaciones, ejemplos de colaboración entre individuos que dibujen formas relativamente estables y localizables. Los investigadores llamaron a estos objetos organizaciones, y no instituciones, grupos o establecimientos, probablemente quizás con el fin de señalar que se proponen aprehender personas ya incluidas en colectivos solidarios, actuando en ellos. Se sugiere, de entrada, que no resulta pertinente procurar distinguir el grupo de la colección de sus miembros. Las generalizaciones que se sacarán de la recogida de datos seguirán siendo de medio alcance, ya que no podrán pretender explicar ni la génesis de la organización ni, menos aún, las estructuras últimas de lo social. Resultarán condicionales, en el sentido de que su verdad posiblemente dependerá de acontecimientos desconocidos, de circunstancias de la observación o, incluso, de características propias del lugar o la época.


No obstante, un método tal, ¿sería posible y fructífero? Es lo que parece probar, a ojos de sus iniciadores, el ejemplo de la economía política clásica. En esta disciplina instituciones como el mercado, la división del trabajo o el ahorro, nacen, de hecho, por la acción espontánea de los individuos o en el transcurso de sus encuentros. En cierto modo la sociología de las organizaciones se dedica únicamente a dilucidar formas de colaboración entre agentes que la teoría neoclásica no puede tratar, dado que su estabilidad se opone a la fluidez de los intercambios de mercado.


La práctica de los investigadores revela claramente que el objeto de la investigación se reconoce de entrada por el hecho de no poder distinguir en él, radicalmente, estructura y componentes. En efecto, ellos se interesan indistintamente por colectivos de orígenes y estatutos diversos, por administraciones tanto como por asociaciones y, sobre todo, por empresas. La generalidad de los resultados del análisis se liga, por consiguiente, con la expresión abstracta que se les da. Por otro lado, este rasgo no debilita, por sí mismo, su pertinencia. Nuestra organización social está, de hecho, fundada sobre la abstracción de roles, funciones y relaciones que son, hasta cierto punto, independientes de las personas que los encarnan y universales, esto es, impuestos a todos los ciudadanos. Los individuos no están condenados desde un principio a ocupar una posición social; se reparten entre los establecimientos, sean cuales sean, de acuerdo con criterios de aprendizaje, orientación y eficacia puestos en práctica tanto por ellos mismos como por sus superiores. Aunque esa arquitectura general, y las relaciones fundamentales que ella canaliza en nuestro conjunto social, hagan posibles los análisis de la sociología de las organizaciones, dicha arquitectura permanece evidentemente fuera de su alcance. Pero, en contrapartida a estas limitaciones, más o menos explícitamente admitidas, los estudios de esta escuela tienen la oportunidad de describir y explicar, mejor que otros muchos, acontecimientos de nuestra vida contemporánea, la vida cotidiana de la oficina y la fábrica, las estrategias de defensa y promoción, las colaboraciones conflictivas de agentes supuestos como irrevocablemente unidos por un interés primordial, a saber, la preocupación por preservar la institución que los reúne.


No obstante, incluso cuando se limita a este objetivo, la teoría justifica con dificultad sus métodos y sus finalidades. Su objeto no parece identificable más que bajo la forma de residuo: la colaboración consciente y continua entre humanos es un fenómeno desconocido para los economistas, que no saben más que de intercambios y concurrencias, y también resulta extraño para los politólogos, que no observan más que leyes y obligaciones personales. En consecuencia, en lugar de poner en cuestión el viejo edificio del saber, ¿sería necesario completar estos deficientes análisis con una disciplina nueva? ¿Estamos seguros de poder, cuando menos, aislar el objeto de la sociología de las organizaciones del de las otras ciencias? En efecto, no basta, para reencontrarlo, con examinar la conducta que tienen los individuos en el seno de un establecimiento cualquiera, donde perfectamente podrían encontrarse extremadamente constreñidos o aislados. Es necesario identificar aún una situación, o incluso, tal vez, un momento, en donde los miembros de un grupo, por necesidad, por indiferencia, por hábito o por entrenamiento, quieran que éste reproduzca de forma idéntica y, por consiguiente, trabajasen en el sentido de hacer suyos los objetivos de la institución. Se debería elaborar pues una teoría de orden superior, capaz de precisar las circunstancias en las que el primer análisis se verificó.


En esta materia, la búsqueda del sociólogo, incapaz de comprender sus propios éxitos, ¿sería una búsqueda a ciegas? El investigador se defiende de esta sospecha recurriendo a un expediente que toma prestado de la economía neoclásica: la tesis de las diversas racionalidades del comportamiento. Sin duda, probablemente haya que admitir, se dirá, que ciertos grupos de individuos sólo colaboren obedeciendo estrictamente las directivas y no participen en la elaboración consciente de los objetivos que los reunieron. Pero las acciones de un individuo no concuerdan más que indirectamente con las incitaciones y tensiones del sistema social que lo incluyen: dependen también de la justeza con la que se perciben las circunstancias e informaciones que dirigen la práctica del grupo. No estamos forzados a admitir que la organización pueda volverse exterior a sus miembros si consideramos que tenemos el derecho de suponer que la escisión es, de hecho, interior a ellos. Es necesario, por tanto, imaginar que un ser compuesto de necesidad y de pasión, cuyas pulsiones son indiferentes a las condiciones físicas y sociales, se enfrenta, en cada individuo, con un ser conocedor y adaptado, que consigue, más o menos, domar al anterior. El sociólogo no es informado más que del resultado de esta deliberación. Le cabrá por tanto evaluar la racionalidad de la conducta observada y decidir: ya que el sujeto actúe lógicamente para alcanzar el objetivo que se le supone; ya, por el contrario, que utilice medios inapropiados para los objetivos que le hemos atribuido.


En estas extrañas tesis, demasiado rápidamente aceptadas tanto en sociología como en economía, la razón (término que, en la tradición, designa la capacidad de cualquier hombre de habitar el mundo y compartirlo con sus semejantes) se convierte en algo como la conformidad con una norma mal definida; conformidad, además, que poco importa saber si resulta de una competencia individual específica o si refiere a una característica del sistema social. ¿Estará la racionalidad del comportamiento limitada por una ausencia de información o por una falla lógica del proceso de decisión? Sólo al investigador le cabe decidir, al sociólogo omnisciente, único que conoce la realidad y puede, en consecuencia, juzgar la exactitud de las acciones que apuntan a la misma.


No obstante, esta facilidad teórica no es suficiente para justificar completamente la disciplina. Erhard Friedberg, al final de un largo balance de investigaciones, concluye que la organización define objetivos que le son propios y que no pueden, por tanto, ser aceptados previamente por sus miembros. Sus fronteras, por lo demás, resultan inciertas y movedizas. La participación de los asociados, que la escuela en sus principios quería demostrar natural, necesaria, racional, no es hoy más que una actitud recomendable, útil al funcionamiento de la unidad, y que es necesario intentar obtener del personal. ¿En qué se han convertido los objetos de la investigación? En múltiples “sistemas de acciones concretos”, sujetos a las tensiones del mercado, a estructuras de colaboración condicionales, simultáneamente negociadas y forzosas, entre individuos que se sustituyen unos a otros en el cumplimiento de funciones abstractas. En definitiva, es posible que la sociología de las organizaciones no sea más que un análisis que, ignorando la organización salarial de nuestra sociedad, describió algunas de las configuraciones locales y efímeras que se edifican en el funcionamiento cotidiano de las relaciones salariales.


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Pierre Rolle