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Artículo incluido en la edición Volumen X :: No.2 :: 2014

JUBILACIÓN


Jubilación, una palabra que no deja a nadie indiferente. Condensa en ella sola una multitud de tensiones, conflictos, pero también esperanzas, donde se entrelazan diversos aspectos económicos, sociales, individuales. Mi prisma de ergónoma me incita a examinar dicha palabra no sola, sino en pareja. La jubilación es indisociable del trabajo. En estos tiempos de “crisis del tiempo” (Dubar, 2011), en estos tiempos en donde los tiempos sociales se hallan desestructurados, las tensiones se cristalizan en la siguiente pregunta: ¿“A qué edad debe uno jubilarse”?

Si esta pregunta aparece hoy en día como un problema, no siempre ha sido el caso. De manera radical, primero cuando los trabajadores fallecían en gran número antes de alcanzar la edad para jubilarse. Desde la antigüedad, se observa la mortalidad precoz de los mineros. Ramazzini (1700/1990) cita un informe de Agrícola el cual señala que las mujeres de una región minera tenían hasta siete maridos, dada la esperanza de vida extremadamente corta de éstos. El mismo Ramazzini nota que los vidrieros actúan con sabiduría y prudencia; trabajan 6 meses al año y descansan el resto, y abandonan el oficio a los 40 años ya sea por otra profesión, ya sea para descansar el resto de su vida, debido al desgaste debido al trabajo. Esta doble cuestión, envejecimiento por el trabajo y en relación con el trabajo para fijar la edad de inicio de la jubilación, ha sido retomada en el siglo XIXe con el desarrollo de la industrialización que la hace visible y la plantea de manera más marcada. Se vuelve una preocupación de las corporaciones y asociaciones de trabajadores, y también de la burguesía industrial que teme una baja de producción de los trabajadores mayores y desgastados. Es en esa época que las instituciones de jubilación obrera van a extenderse, y algunas van a fijar un derecho de pensión a una edad dada, para un oficio dado, en relación con el momento en el cual la mayoría ya no podrá trabajar (Cottereau, 1983). Existe así una consciencia basada en el conocimiento práctico de la duración del desgaste en diferentes oficios (Teiger, 1995).

En el contexto más reciente del pleno empleo, en la posguerra, el modelo industrial fordista provee un contrato social. Propone modos de integración/exclusión de los asalariados mayores basado en una organización ternaria de los tiempos sociales y de los ciclos de vida: formación en la juventud, trabajo continuo en la edad adulta, y la jubilación en la vejez. Los asalariados tienen un contrato de trabajo de por vida, desde el final los estudios y hasta la jubilación. En el marco de ese modelo industrial socialmente considerado como desgastante, el declive progresivo se le asocia a la edad. Frente a este envejecimiento-ocaso, la gestión del personal favorece la antigüedad y la fidelidad, y propone, al menos en las grandes empresas, posibilidades de re-clasificación en puestos denominados “fáciles”. El contrato de trabajo se termina por una jubilación a una edad fija y ésta es vivida por los asalariados como un tiempo libre completo (Gaullier, & Thomas, 1990). El tiempo de inactividad acordado a la vejez es indemnizado en forma de jubilación; a cambio de ese derecho al descanso, jóvenes y adultos se reservan un empleo estable y durable (Guillemard, 2010).

Ese ritmo ternario se encuentra hoy completamente desestructurado por la flexibilización de las carreras profesionales, las condiciones del empleo, y al hecho de asociar el inicio de la jubilación a una serie de determinantes económicos y demográficos, relegando las lógicas del oficio o la de los avances sociales a otro plano. La edad de la jubilación se convierte así en una variable de ajuste. El decidir de una edad de inicio de jubilación es racionalizado según los protagonistas (administradores de empresa, actores públicos) invocando tanto un modelo de envejecimiento-ocaso justificando salidas anticipadas, o un modelo envejecimientoexperiencia dejando al asalariado mas tiempo en el empleo. Estas dos formas de racionalización toman muy poco en cuenta el trabajo y su inscripción en las carreras individuales, así como la reivindicación cada vez más fuerte de poder jubilarse en buena salud. En Francia, el establecimiento de un dispositivo de prevención del carácter penoso del trabajo en 2015 [1] permitirá, entre otras cosas, instaurar una cartografía de las carreras o trayectorias profesionales en relación a la exposición a factores de riesgo físicos, es una medida que va en ese sentido. Esto permitirá a los asalariados expuestos, según ciertos criterios decididos de antemano, de iniciar su jubilación antes, de trabajar medio tiempo o de poder beneficiar de formaciones para poder cambiar de puesto. Este dispositivo ratifica sin embargo un modelo del desgaste y un modelo del trabajo de degración de la salud, e implica además un relativo entendimiento entre el empleador y el asalariado sobre sus condiciones de trabajo reales. Ahora bien, el trabajo es también portador de recursos psicológicos y sociales (Clot, 2010) que tienen consecuencias en el inicio de la jubilación y en la concepción misma de una buena salud. Molinié (2005) muestra que los factores tomados en cuenta para lograr llegar al inicio de la jubilación, pasados los 50 años, están relacionados con la posibilidad de tener un oficio que favorezca el aprendizaje y el poder desempeñar un trabajo de calidad. Dichos factores, cuentan más para los asalariados que aquellos relativos a las condiciones físicas del trabajo, aunque no se las debe ignorar. El reconocimiento, por parte de sus pares y de la jerarquía, de la experiencia construida a lo largo de la carrera profesional, la posibilidad de poder utilizarla en la actividad de trabajo, como la posibilidad de poder continuar su construcción, no solo tienen una función protectora, sino también de desarrollo (Molinié, Gaudart, & Pueyo, 2012). Esta perspectiva incita fuertemente a tomar en cuenta la centralidad del trabajo en los debates relativos al inicio de la jubilación.


Corinne Gaudart