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Artículo incluido en la edición Volumen III :: No.2 :: 2007

HORARIO


El horario representa uno de los más importantes componentes de la dimensión temporal de la actividad y de su organización. Por otro lado, referirse al tiempo supone referirse a los cambios, ya que sólo se puede entender el tiempo en el cambio (Aristóteles). Estos cambios, continuos o discontinuos, periódicos o no, tienen un carácter doble (sea cual fuere la escala con la que se aprehenden) (Fraisse): por un lado, la sucesión de fases y por el otro, el intervalo (la duración) entre momentos sucesivos. Así nos encontramos con las dos dimensiones del horario: su dimensión cronológica (el uso individual o colectivo del tiempo) y su dimensión cronométrica (las duraciones de las diferentes actividades profesionales o sociales). Una separación de este tipo se apoya en la idea de medida universal (Newton), física, “objetiva” del tiempo, donde todas las unidades de intervalo son iguales: un segundo es igual a un segundo, una hora equivale a otra hora, sin importar el día de la semana o del año o el momento del día o de la vida. Y será sobre este “tiempo de los sabios” (Orme) sobre el que se construirá la organización del trabajo, particularmente durante la industrialización. Este tiempo se apoya en la definición común de una norma que establece la duración (semanal o anual) del trabajo y de las pausas eventuales, las del descanso y de las vacaciones… De esta forma postula, implícitamente, una estabilidad del funcionamiento humano sean cuales fueren las horas o las duraciones del trabajo. Por último, presupone que los individuos son intercambiables, ya que un equipo puede suceder a otro sin hacer ningún cambio en los puestos (ni siquiera en el propio relevo). Esta visión tecnocéntrica no sabría explicar el conjunto de problemáticas subyacentes al horario. Estas problemáticas implican la adopción de un punto de vista distinto, antropocéntrico, punto de vista desarrollado en las ciencias humanas y sociales, particularmente en Ergonomía. Presenta cuatro componentes del tiempo profesional de las que tres nos dirigen directamente al horario.

El tiempo dentro del trabajo afecta a las exigencias temporales de las tareas (duración velocidad, distribución, programación…), a saber, la dinámica de los procesos técnicos que dictan la distribución y el ritmo de la actividad y de los cuales dependerán, en cierto modo, de la productividad y de los riesgos profesionales.

El tiempo de trabajo se refiere, en el contrato de trabajo, a la definición de las duraciones y horarios de la actividad profesional. Desde mediados del siglo XIX, el tiempo de trabajo se construye en torno a las normas: la duración semanal (de 39 horas, por ejemplo), la duración diaria (normalmente, de 8 horas), el o los día/s de descanso (consecutivos o no) y las vacaciones. Estas reglas se aplican de forma generalizada, salvo que se realicen derogaciones de la ley. La flexibilidad del horario aparece durante los años 80 y 90 del siglo XX, lo provoca el “fin del tiempo de trabajo” (Thoemmes) en beneficio de una individualización que gira en torno a los dispositivos de trabajo a tiempo parcial o a los horarios de tipo variable: hay que responder a la demanda y favorecer la máxima productividad de las máquinas. En compensación debería haber más empleo. Esta nueva forma de gestión del tiempo responde a las necesidades de la empresa y, mediante la flexibilidad, pone por encima de todo responder a las exigencias impuest