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Artículo incluido en la edición Volumen X :: No.1 :: 2014

GÉNEROS Y ESTILOS PROFESIONALES


Es el nombre de una pareja conceptual — género y estilo — que se extrae de estas nociones del análisis literario donde se las utiliza ampliamente (Bakhtine, 1984; Schaeffer, 1989) para encontrar sus raíces en la vida cotidiana y, ante todo, en el trabajo. En el trabajo, género y estilo son inseparables (Clot, 1999, b; Clot & Faïta, 2000) si lo que se busca es que los trabajadores no corran riesgos.

Para llegar más rápidamente a lo esencial,  podemos partir de un ejemplo tomado precisamente de la literatura, pero que tiene su fundamento en la vida real. Madame Bovary de Flaubert empieza así: "Teníamos costumbre al entrar en clase de tirar las gorras al suelo para tener después las manos libres; había que echarlas desde el umbral para que cayeran debajo del banco, de manera que pegasen contra la pared levantando mucho polvo; era nuestro género" [2].   Y Flaubert hace hincapié en "el género". Aquí medimos lo que la actividad puede adeudar a una historia transpersonal. Nos encontramos lejos de situaciones de trabajo. No obstante, hemos podido mostrar que un medio profesional desprovisto de este tipo de organización de la actividad, que sintoniza a cada persona con el  trabajo, está privado de un instrumento de acción importante (Clot, 1999a; 2008. Roger, 2007). Podemos decir que este instrumento colectivo transforma una situación de trabajo en un mundo social con entidad propia al fijar el ambiente del lugar. Esta memoria para predecir puede interponerse entre yo y yo como una gama de acciones fomentadas o inhibidas en un colectivo profesional. Sin constituir todo el trabajo o incluso todo el oficio, organiza al responsable genérico del oficio que evita "errar por sí solo ante la amplitud de necedades posibles" (Darré, 1994, pág. 22). El género profesional de la actividad es transpersonal (Clot, 2008), como un punto de intersección entre el pasado y eel presente en una historia de la cual nadie es propietario.

No obstante, cada uno es un poco responsable en la actividad en curso, donde este género debe demostrar su valía una y otra vez. Solo vive con motivo del trabajo colectivo que es la clave de su existencia, pero lo sobrepasa pues retiene su historia y prepara su acción. Es su estructura, su morfología. Conserva, a través de esquemas genéricos, lo que sienta jurisprudencia para el trabajo colectivo. Fija los precedentes que sirven de referencia para los casos similares que puedan presentarse en la actividad y sus imprevistos. Condensa los compendios colectivos del trabajo como otros tantos esquemas sociales "pre-trabajados" que pueden —incluso de manera ajena a los operadores— activarse o desactivarse según las circunstancias particulares de la acción. Es la parte sobreentendida de la actividad, lo que los trabajadores de un medio dado conocen y ven, esperan y reconocen, aprecian o temen; lo que les es común y les reúne bajo ciertas condiciones reales de vida; lo que saben que deben hacer gracias a una comunidad de evaluaciones presupuestas, sin que sea necesario volver a especificar la tarea cada vez que se presente. Es como una "contraseña" o un atajo conocido solo por aquellos que pertenecen al mismo horizonte social y profesional. Estas evaluaciones comunes sobreentendidas adoptan en las situaciones incidentales un significado particularmente importante. En efecto, para ser eficaces, son económicas y, casi siempre, ni siquiera se enuncian. Se fijan bajo la piel de los profesionales, pre-organizan sus operaciones y su conducta; están como soldadas a las cosas y a los fenómenos correspondientes. Por ese motivo, no requieren formulaciones verbales particulares. El separador social del género es un cuerpo de evaluaciones comunes que regulan la actividad personal de manera tácita.

Constatamos hasta qué punto este género transpersonal es, al mismo tiempo, precioso y diferente de las prescripciones impersonales de la tarea. El trabajo a realizar no puede depender solamente de él, sin embargo le es indispensable puesto que pone pertinentemente en relación la tarea y la realidad, que esta última jamás puede anticipar por completo. Sin esta correa de transmisión, resulta muy difícil ser capaz de estar solo en el trabajo; algo que, por otro lado, suele ser necesario. Fréderic François considera que los géneros de discurso ponen en relación el lengua y el exo-lengua (1998, pág. 9). Podemos decir incluso que los géneros de actividad se relacionan indirectamente con la realidad de la tarea. Ante una ausencia de género profesional cada trabajador carecerá de los medios para desarrollar su propia actividad y su iniciativa personal. Por este motivo, el dispositivo dialógico de las auto-confrontaciones se esfuerza por eliminar esta ausencia cuando existe. Y, para ello, por volver a someter los sobreentendidos, los atajos e incluso a veces los jeroglíficos genéricos a debate entre los profesionales. Podríamos decir que este dispositivo rectifica la ruta del género profesional recargándolo de la energía de los "retoques" estilísticos (Clot, 2008).

El estilo es, ante todo, la estilización individual o la de algunos colegas en la renovación del género profesional. No es la transgresión de la tarea oficial mediante este o aquel desvío de la conducta o, dicho de otra forma, un desvío respecto a la norma impersonal. El estilo es la libertad que nos podemos tomar con el género —en los dos sentidos del término— cuando lo hemos asimilado; la libertad de eliminar de las expectativas genéricas cotidianas lo que es impropio al efecto buscado en la situación singular en la que nos encontramos. De una manera precisa, hablaremos de la libertad que nos tomamos para disolver los bloques de acciones preexistentes para utilizar solo las combinaciones requeridas para la actividad en curso de realización. La estilización se confabula con la sobriedad del acto, ese poder para aligerar las operaciones, los gestos o incluso las palabras parásitas. La novedad y la creación se venden a este precio, al precio del retoque. A este precio se vende también la renovación del género. Puesto que esta reducción y esta sobriedad pueden sentar cátedra, desarrollar una "variante" y, con el tiempo, "ampliar" el género, permitiéndole "retener" la novedad pasada por el tamiz del trabajo colectivo. Por tanto, la estilización se encuentra pues en el principio mismo del desarrollo transpersonal del oficio. Es una repetición sin repetición que descongestiona el género profesional, impulsando las variaciones que pueden proteger su vitalidad. Esta elasticidad genérica es el resultado del acto estilizado que señala un trabajo de refinamiento genérico. Entonces, el género es, no tanto una categoría irrevocable, merecedora de pasar al inventario, sino una función: cada acción profesional posee un carácter más o menos genérico. Es más o menos rica en desarrollos posibles del género. De este modo, podemos decir que el estilo se libera del género, no dándole la espalda, sino por medio de su regeneración, tomando el riesgo de deshacerlo o rehacerlo —entre varios— cuando las circunstancias lo exijan o lo permitan.

[1] Lo que sigue se ha abordado en mayor profundidad en otros puntos (Clot & Gollac, 2014).
[2] Nota del traductor: en la traducción original la palabra “genre” fue traducida como “estilo” (cf. http://www.librosenred.com/areamiembros2.aspx). Sin embargo se dejó aquí la palabra “género” para conservar el sentido del texto del autor.


Yves Clot