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Artículo incluido en la edición Volumen IX :: No.1 :: 2013

DIALOGISMO


Inseparable del concepto de dialogo (etimológicamente diálogos: intercambio entre personas), la noción de dialogismo se refiere en su acepción primitiva retórica, al arte dialógico que consiste en presentar en forma de dialogo las ideas o sentimientos adjudicados a personajes. Categoría filosófica de origen platónico, y esto recuerda la mayéutica socrática, al dialogo se le concibe como la alternancia entre los personajes, la intención de significar de uno, encontrando la capacidad del otro para actualizar a ésta por su propia cuenta. Pero el maestro del juego, Sócrates en este caso, sigue siendo el maestro de las palabras.

Por el contrario se trata de la cuestión de la alteridad en un doble aspecto - el otro como determinante (otra persona), o como sustantivo (algún otro, posible o imposible), que es central en las perspectivas abiertas a las ciencias humanas por las diversas teorizaciones del dialogismo, ya sea subyacente, indefinida o precisa, y a veces enrolada en un proceso descriptivo.

En la filiación filosófica, es a Wittgenstein a quien se le debe la principal ruptura con la perpetuación más o menos reductora de la concepción primitiva, según la cual solo se entiende una propuesta mediante el costo de una “decodificación” del mensaje previamente “codificado” por su productor. La idea de “compartir el sentido” entre interlocutores puede entonces surgir, al término del cual, según Jacques (1979), el dialogo sería una forma transfrástica del discurso, del cual cada enunciado se determina efectivamente en su estructura semántica por el hecho de poner en común el sentido y el valor referencial en su encadenamiento, mediante reglas pragmáticas que aseguran la propiedad de convergencia. “Forma transfrástica”, “puesta en común”, “convergencia”, son términos que desde un cierto punto de vista cercan al dialogo en una nueva concepción del dialogismo. Los actores, el emisor y el receptor se construyen en una relación verbal por, y en, la interacción que los reúne y los opone y deben recurrir, al menos en parte, al patrimonio virtual de los signos que poseen en común.

Se abre así un eje al desarrollo de una corriente del pensamiento en la cual prevalece la primera de las dos concepciones de la alteridad: se insiste en un dialogismo cuya primacía se le da a la responsabilidad conjunta de los actores del dialogo en un proceso inter discursivo, en donde los signos pueden adquirir o transformar sus significados, al filo de las fases de una construcción común, según el tipo de situación de interacción. Algunas teorías de los actos del habla en pragmática, la interacción, así como el análisis conversacional, se inscriben en esta perspectiva.  Asimismo, se ha desarrollado en psicología un dialogismo interlocutivo centrado en el estudio de las relaciones intersubjetivas, y en su evolución en relación con encadenamientos discursivos y los eventos dialógicos.

Pero es probable que la noción más reciente de dialogismo deba su origen a la corriente que surge inicialmente de los trabajos de los teóricos soviéticos de la literatura, sobre todo en lo que se refiere a su desarrollo transversal a las problemáticas mas debatidas desde la segunda mitad del siglo XX. Nos limitamos aquí en situar de manera somera, el punto de partida de dicha corriente que determina el momento de aparición en URSS de dos obras, Marxismo y filosofía del lenguaje, y Problemas de la poética de Dostoïevski, en 1929, el segundo título habiendo sido modificado y reeditado en 1963. No entraremos en el detalle de las controversias actuales, relativas a la paternidad real de las obras, atribuidas a Volochinov y a Medvedev las que, por otro lado, actualmente están bastante resueltas. Dejando también de lado la contribución probable de otros pensadores cercanos a esta misma esfera de influencia, se menciona entonces la responsabilidad de Mikhaïl Bajtín (1895-1975) en una fase de cuestionamiento científico que afectó las teorías de la literatura y de la crítica literaria, especialmente en Francia, antes de ganar los campos próximos de la lingüística y de la psicología.

Naturalmente es en el ámbito de la literatura que comienza la difusión más importante y profunda del pensamiento bajtiniano del dialogismo, descrito y re-categorizado en intertextualidad por el grupo Tel Quel (Julia Kristeva, Philippe Sollers, Michaël Riffaterre). Un número histórico de la revista (1968) retoma la idea de Bajtín para quien “todo texto se sitúa en la confluencia de varios textos, del cual es a la vez la relectura, la acentuación”, fundando así una teoría crítica del sentido que implica abandonar la función comunicativa y representativa del lenguaje. El texto no es el mismo más que por el dialogismo que lo define, el texto solo existe vía el dialogismo que lo define, o aun por su situación en la intersección de otros textos que existen, o que son posibles. La interacción textual se produce entonces dentro de un solo texto. Tales hipótesis introduciéndose en el ámbito de la lingüística, inician así un cambio importante en relación con la concepción anterior del dialogo, principalmente en lo que se refiere a la forma del cara a cara, de la relación dual privilegiada por las corrientes interaccionistas europeas como estadounidenses.    

Las ideas de Bajtín  en este plano, aún poco apuntaladas, son portadoras de consecuencias significativas. Una de las principales es la mutación de la palabra -unidad ciertamente poco pertinente, y que resulta más tributaria de una traducción bastante indecisa del ruso a otras lenguas- de lo cual lo esencial es que se carga de sentido escapando a las exigencias del sistema de signos pensado por los lingüistas estructurales y funcionalistas, (la función « representativa »), para entrar en la esfera de la comunicación con el otro, utilizaciones que otros han podido realizar y que todavía « resuenan » en él. La relación dialógica no puede funcionar sin las relaciones lógicas y semánticas (por lo tanto lingüísticas), constituyendo la base formal de los enunciados. Sin embargo, estos no pueden reducirse a estas relaciones formales, para devenir dialógicas, deben impregnarse de sentido, encarnarse. Dicho de otra manera: «entrar en otra esfera de existencia» (Bakhtine, 1998, p.255).

El dialogismo no toma, entonces, más la vía exclusiva de una construcción interactiva del sentido, entre interlocutores conjuntamente responsables del mismo. Ciertamente lo engloba, pero es permanentemente tributario de una « tercera voz» combinando las « voces » de los otros, de aquellos a quienes los signos del discurso han también pertenecido. Resulta esencial ver que la contradicción pone en juego términos de importancia desigual: primero unidades de significación, las palabras del discurso son también dialógicas dado que se escucha la voz del otro (del receptor), y devienen polifónicos, varias instancias discursivas terminan por hacerse escuchar. Si esto se valida, las consecuencias de tal punto de vista resultan importantes al nivel de la epistemología de las ciencias del lenguaje, en la medida que el objeto prioritario no estaría ya constituido por las « materialidades » del lenguaje  (unidades significativas, frases, combinaciones de esas unidades en contexto y en situación, variables intervinientes a nivel de la producción de sentido, etc.), pero un  enunciado que entra en un universo de relaciones a priori sin límites: el dialogismo bajtiniano reposa sobre un fundamento complejo e indeterminado, en el sentido de no terminado. El actor, el emisor, tiene derechos inalienables sobre su texto / su discurso, el receptor / lector tiene también sus derechos tal como aquellos cuyas voces resuenan en las palabras encontradas por el autor. « El discurso es un drama que comporta tres roles…». El objeto así vislumbrado no es más el objeto de una lingüística, sino de una translinguistica, ya que esta concepción de la relación dialógica transgrede la naturaleza y los límites de las « materialidades del  lenguaje », llevando la búsqueda de « marcas » al solo escalón, el primero de las relaciones lingüísticas, lógicas, semánticas.

Actualmente, las corrientes lingüísticas más recientes integran estas nuevas problemáticas, sobre todo el análisis del discurso y del diálogo. Aunque mantienen su elección epistemológica fundamental, buscando en los discursos analizados las trazas de la alteridad, los ecos de « la voz del otro y la voz de uno », pero continuando a circunscribir su objeto en la esfera de las « entidades lingüísticas », principalmente de las instancias conversacionales y de interacción.

Otros dominios, más sensibles a la inscripción social de la producción discursiva, fundan sus enfoques en los textos atribuidos a Volochinov, y postulan que todo diálogo singular no podría ser analizado fuera de las interacciones socio-discursivas. Este posicionamiento es blanco de vivas críticas de las tendencias filosóficas de  Bajtín, cuya impregnación kantiana y religiosa, a decir verdad, nunca ha constituido un gran misterio.

Es así que, actualmente, el « principio dialógico » alimenta tanto las investigaciones, como las intervenciones en el campo social, integrando las diferentes dimensiones de las actividades humanas al estudio de las actividades productivas, del trabajo como creación. Al principio de estas, se sitúa uno de los aportes más fértiles pero poco explotado de Bajtín, el de la apertura de su concepción del dialogismo sobre lo incumplido de cada intercambio entre las personas: transgrediendo los límites del cuadrilátero juntando al autor, el receptor, los « otros », y en general lo social. Es también la frontera entre real e ideal, temporal y atemporal, presente y futuro del intercambio que se encuentra abolido. No es solamente la anticipación de la respuesta del otro / de los otros que es constitutiva del diálogo, sino también el enunciado que anticipa la presunta respuesta de un destinatario ideal, interprete perfecto del discurso sin falla que se le destina. Este  « sobre-destinatario » supuesto da cuenta de la tensión del discurso o del texto hacia su devenir próximo o lejano, pues el sentido nunca se encuentra acabado de una vez y para siempre, sino que depende siempre de las interpretaciones por venir, y de la relación consigo por el cual el emisor mide el alcance y la pertinencia de sus propios actos. Bajtín presupone permanentemente la continuidad de un « dialogo interior » en el otro y en uno mismo, a las presuntas « réplicas » que se dirigen, en parte, las replicas manifiestas que le son destinadas. Corolario lógico de esta referencia, sostenida por el dialogismo bajtiniano: ninguna concepción monológica del discurso, ni del texto, y por lo tanto tampoco del enunciado podría ser considerada. De tal forma que, como lo sostiene Clot, « en el dialogo el hombre no solo se manifiesta del exterior, sino que deviene por primera vez eso que el verdaderamente es y no solo únicamente a los ojos de los otros (...) igualmente a sus propios ojos » (Clot, 2008, p.205, traducción libre).


Daniel Faïta