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Artículo incluido en la edición Volumen IX :: No.1 :: 2013

CARGA MENTAL


Como consecuencia del impacto en los contenidos, formas y exigencias del trabajo que ha acarreado la masificación de las tecnologías de la información y de la comunicación, ha ido ganando terreno la preocupación entre aquellos que se interesan en las condiciones de trabajo y la efectividad del desempeño humano por evaluar y gestionar la carga mental de trabajo. No obstante, tal como ya lo constatara Gillet (1987) hace más de veinte años atrás, la definición y los alcances del concepto de carga mental resultan aun ser problemáticos. Ello se refleja igualmente en el la alta diversidad de herramientas que apuntan desde distintas perspectivas y con variados contenidos a la evaluación de la carga mental.

El concepto de Carga Mental se entiende de un modo general como la presión cognitiva y emocional resultante del enfrentamiento de las exigencias asociadas al ejercicio del trabajo. No obstante, la historia de este concepto ha seguido caminos sinuosos, cruzando diversas fronteras disciplinarias. En sus orígenes, el concepto de carga mental surge bajo la influencia de un conjunto de teorías sustentadas en el desarrollo de modelos matemáticos elaborados en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y que en alguna medida buscaban emular el funciones cognitivas humanas en sistemas técnicos. Entre ellas, la Teoría de la Información Creada por Shannon en 1948 en los laboratorios Bell del Massachusetts Institute of Technology y posteriormente desarrollada por Shannon y Weaver (1949), la Teoría Cibernética formalizada por Norbert Weiner (1948) y la Teoría General de Sistemas desarrollada en la misma época por Ludwig von Bertalanffy (1950).

El conjunto de estas teorías contribuí sin duda a los desarrollos de la psicología cognitiva moderna, siendo utilizado como referencias metafóricas para la descripción, explicación y evaluación de las modalidades y capacidades de procesamiento de la información humana. Desde esta perspectiva, George Miller (1956), por ejemplo, demostró que nuestra capacidad de memoria de corto plazo poseía límites más o menos definidos, y que se encontraba en condiciones de procesar sólo 7 ± 2 dígitos simultáneos por segundo.  Complementariamente, los trabajos de Broadbent (1958), centrados en los procesos de atención selectiva y memoria de corto plazo, derivaron en la formulación de la tesis denominada de “Canal Único de Procesamiento de Información”, la que plantea que el conjunto de la información recibida a través de nuestros distintos órganos sensoriales, serían en definitiva canalizados a través de una sola vía hacia el sistema nervioso central, donde sería procesada integradamente. Por encima de la capacidad de dicho canal no seríamos capaces de procesar sin generar una pérdida de información, a menos que, según lo establecido por Chase y Simon (1973), las personas recurriesen a integrar y organizar la información en categorías comprensivas de mayor nivel de abstracción. Tales categorías, denominadas “chunk” (trozos), constituirían suertes de esquemas básicos a partir de los cuales las personas, especialmente las más experimentadas, reducirían la complejidad de los problemas que se encontrarían abocados a resolver. Esto permitiría eventualmente una mayor capacidad de procesamiento de información, ya que, a través de los “chunk”, se liberarían fracciones de la capacidad de procesamiento cognitivo. Un ejemplo de esto es que para memorizar un número telefónico, los dígitos se agrupen en la memoria en grupos o “chunks” de 3 y 2 dígitos; así, el número 6784932, sería más fácil de recordar como 678-49-32.

Así, las personas tendríamos la posibilidad de redefinir la organización de las unidades de información procesadas, capacidad que variaría según la naturaleza de la información procesada, así como por las competencias que dispondrían las personas para hacer frente a las exigencias involucradas en las tareas que deben realizar (Kantowitz 1985).

Desde esta perspectiva, el concepto de carga mental estuvo en sus orígenes fuertemente vinculado a la idea de capacidad limitada de la memoria de trabajo, unidad concebida como la instancia de almacenamiento y procesamiento transitorio de información, durante las actividades de resolución de problemas. Además, estuvo relacionado a la idea de la existencia de particulares modalidades de filtro y selección de información requeridas para el desarrollo de dichas operaciones. Como se puede constatar, estos primeros abordajes del concepto estuvieron significativamente marcados por la analogía de la actividad humana con máquinas procesadoras de información, especialmente los computadores. De este modo, se produce una paradoja que ha implicado un vasto impacto en la teoría psicológica: la metáfora que apuntaba a hacer equivalente el funcionamiento de los nuevos artefactos cibernéticos a los modos de funcionamiento humano, es revertida para explicar el funcionamiento humano a partir de los modelos informacionales y cibernéticos (Bruner, 1990 ). No cabe duda que tal metáfora, si bien permitió abrir un fecundo canal de colaboración entre la psicología, las ciencias de la educación y las ciencias de la ingeniería, resulta hoy insuficiente para explicar la complejidad de los procesos involucrados en la configuración de la carga mental.

Es justamente desde la perspectiva de la Ergonomía, que emerge la inquietud por la incidencia de los factores contextuales sobre la carga mental, al constatarse la existencia de desviaciones perturbadoras entre lo obtenido en condiciones de laboratorio y aquellos comportamientos identificados en condición real al momento de realizar los análisis e intervenciones en terreno. Desde esta perspectiva, una primera ambigüedad conceptual que importó despejar es la distinción entre carga de trabajo mental y carga mental de trabajo. La carga de trabajo mental aludiría a la carga de trabajo resultante del ejercicio de actividades cuyas componentes principales interpelen la ejecución de procesos mentales y emocionales derivados, por ejemplo, de la actividad de interpretar y codificar señales, relacionar elementos, diagnosticar y tomar decisiones, etc. Tal conceptualización ha tendido a focalizar las evaluaciones a tareas llamadas “intelectuales” y de control de procesos, mientras que el concepto de carga mental de trabajo apuntaría de un modo más amplio a la presión mental resultante del enfrentamiento a las distintas exigencias asociadas al ejercicio de una actividad determinada, sea esta con énfasis físico o mental.  Otra distinción relevante a considerar es con respecto al concepto de fatiga mental. Sperandio (1984) señala que existiría una cierta tendencia a confundir estos conceptos asociados a los efectos resultantes de la realización del trabajo, precisando que la fatiga no podría ser asimilada a una simple extensión de la carga de trabajo resentida durante la tarea. La carga mental de trabajo sería por lo tanto un fenómeno que sólo acaecería durante el desempeño de la actividad como resultado del grado de movilización de los recursos y capacidades de las personas, mientras que la fatiga respondería de modo imbricado al enfrentamiento de las exigencias físicas y sensoriales asociadas al ejercicio de la actividad y la trascendería, creando consecuencia en la disponibilidad de los recursos y capacidades requeridas para el desempeño de ésta, afectando además en términos generales la calidad de vida de las personas. Concordando con ello, González, Moreno y Garrosa (2005) señalan que la exposición a situaciones que pueden generar sobrecarga o infracarga mental pueden efectivamente tener efectos acumulativos sobre el individuo, dando lugar a estados de fatiga.

Es importante destacar que una de las características fundamentales del concepto de carga mental es su naturaleza relativa. La literatura referida a la carga mental tiende a hacer hincapié en que no existiría una relación mecánica entre condiciones objetivas de trabajo y carga mental, pues tal como lo acota Theureau (2001), las personas tenderían a redefinir las tarea y las exigencias derivadas de ellas con base a las situaciones concretas en las que se realizan, sus propias características y objetivos personales. Así, por ejemplo, para dar cuenta de una misma tarea, la carga mental no sería la misma para una persona joven, capacitada, en buena salud, experimentada, motivada e inscrita en una trama socio-organizacional consolidada, que para una persona de edad avanzada, poco capacitada, que presente problemas de salud, con escasa experiencia, desmotivada y aislada social y organizacionalmente. Dicho de otro modo, la carga de trabajo resultante del desempeño de una tarea, sería función de los recursos que cada persona dispondría para su enfrentamiento (Gillet 1987; Leplat, 1997; Leplat 2004; Sperandio 1984; O’Donnell y Eggemeier 1986).

Siguiendo las argumentaciones arriba expuestas, es posible concluir provisoriamente que la relación entre exigencias del trabajo y carga mental no sería de naturaleza unívoca en la que ésta resultaría de la simple presión ejercida por las exigencias formalmente reconocibles del trabajo sobre las personas (por ejemplo, volumen, dispersión, ritmo, entorno, duración, etc. de la tarea). Dicho de modo sintético, la carga mental derivaría de una interacción dinámica que se produciría entre las características de las personas, la naturaleza y forma de actualización de la exigencia y el significado que las personas le atribuyan a las exigencias en el transcurso de su actividad. Tal dinámica determinaría en gran medida, el modo de realización de la actividad efectiva de las personas, siendo este proceso, en el cual las personas juegan un rol protagónico, donde se configuraría la carga mental resultante.

Los métodos empleados para la evaluación de la carga mental son de variado orden, teniendo en común su carácter de indicadores indirectos. Así, es posible encontrar una gran variedad de cuestionarios basados en el levantamiento de las exigencias y/o de las percepciones de los implicados en las actividades evaluadas, tales como el método desarrollado por la ANACT (Piotet y Mabile 1984), el método el NASA-TLX, desarrollado por el Aerospace Human Factors Research Division de la NASA, en su centro de investigación de Ames (Hart y Stavenland, 1988), la escala de Carga Global desarrollada por Vidulich y Tsang (1987), el método Subjective Workload Assessment Technique (SWAT), desarrollado por Reid & Nygred (1988), el método Ergonomics Workplace Analysis (EWA), desarrollado por el Instituto Finlandés de Salud Ocupacional (Dalmau y Nogareda, 1998), etc. Del mismo modo se emplean interesantes técnicas basadas en el estudio de las variaciones de los modos operatorios, así como métodos apoyados en el monitoreo de indicadores fisiológicos (Sperandio, 1984).


Carlos Díaz Canepa