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Artículo incluido en la edición Volumen II :: No.1 :: 2006

BIENESTAR


Bienestar, en las lenguas latinas, es una palabra compuesta por “bien” (adverbio de intensidad, cuyo origen es bonos y significando un elevado grado) y por el verbo “estar” (“existir, vivir”). Según el diccionario histórico Le Robert, este término aparece en el siglo XVI para designar la satisfacción de necesidades físicas. Desde el siglo XVIII, él designa la situación material que permite satisfacer las necesidades de la existencia.

 

Estos significados, que se difundieron en el lenguaje común, están también en el origen de la noción de bienestar en economía, en sociología y en las ciencias políticas. Hablamos entonces, más precisamente, de “bienestar social” (y también de “calidad de vida”) para describir el bienestar de una sociedad en su conjunto, comprendiendo la abundancia de dinero y el acceso a los bienes y a los servicios, pero también el grado de libertad, de placer, de innovación y de salud ambiental. En cuanto al “bienestar económico”, él se define, de forma más restrictiva, como la parte del bienestar social que puede ser relacionado con el parámetro monetario. Estas nociones parecen claras en el plan descriptivo general, pero presentan problemas cuando queremos medir el bienestar social o económico y cuando intentamos comparar dos o más sociedades utilizando estos aspectos.

 

Todavía, el bienestar adquiere un significado diferente, a partir de mitad del siglo XX, a través de una definición que cambia el orden de los valores relativamente a la noción propia de las ciencias sociales. La Organización Mundial de la Salud (OMS), desde su constitución en la segunda mitad de los años 40, expresa la idea de la “salud” formulada en términos de bienestar físico, mental y social. Esta idea se opone a la antigua definición negativa de la salud como ausencia de enfermedad. Por sus términos positivos, ella pone en evidencia la prioridad de la prevención y de la promoción relativamente a los cuidados, asociando el cuerpo y la psique a la dimensión social de la persona humana. El bienestar significa por lo tanto la salud en el sentido más amplio, en todos sus aspectos, y de forma activa. La nueva noción se comparte, se promueve internacionalmente, acogida por la legislación de diferentes Países en todo el mundo.

 

La OMS enriqueció y especificó posteriormente esta formulación, en particular cuando tuvo lugar la conferencia de Alma Ata en 1978, con la declaración de los objetivos de “Salud para todos en el año 2000”, y con la Carta de Ottawa de 1986. Lo que entendemos por salud no corresponde a un estado natural pero a una construcción social. Por este hecho, reconocemos que la promoción del bienestar no puede ser impuesta pero debe de ser administrada de forma autónoma para cada sociedad, en relación a la cultura que le es propia, inscrita en el contexto en relación con sus lugares geográficos y las diversas realidades sociales. Además, el bienestar así definido no debe ser considerado de forma estática y unívoca, ni como un estado deseado pero imposible de alcanzar, pero como un proceso perfeccionable a perseguir. Las necesidades y los objetivos de bienestar son variables en relación a las diferencias contextuales y temporales y en relación a la posibilidad de una mejora continua.

 

El trabajo está directamente implicado en esta concepción innovadora de la salud. El Comité mixto OIT/OMS de la salud en el trabajo formuló, en 1995, una “definición de salud en el trabajo” que asienta sobre estos mismos principios. Una directiva europea (n. 391/1989), transpuesta en las leyes nacionales de los Estados miembros de la Unión, prescribió una prevención primaria, general, programada, e integrada en la concepción del trabajo. La prevención es “primaria”, ya que se opone a la manifestación del riesgo: es el nivel más alto de prevención, relativamente a la acción que se refiere al riesgo existente o, peor aún, al daño. Por este hecho, el cuadro normativo que prescribe la acción preventiva primaria impone un análisis y una intervención de forma iterativa, fundados sobre criterios objetivos y articulados de forma exhaustiva sobre la totalidad de la situación de trabajo, visando el control de la salud y de la seguridad de los trabajadores. Fuera de la Unión Europea, diferentes Países decretaron normas similares.

 

Esta visión innovadora tiene, sin embargo, raíces antiguas. A lo largo del siglo XX, se desarrollaron reflexiones y estudios, visando relacionar el bienestar en los locales de trabajo y un análisis del trabajo, aunque no de una forma constante y con suertes diferentes.

 

A principios de ese siglo, E. Kraepelin y H. Münsterberg, alumnos de W. Wundt, fundaron los primeros laboratorios de psicofisiología, cuyo objetivo era el de estudiar la « fatiga en el trabajo ». M. Weber asoció esos estudios con los de la economía y de la sociología de la empresa para las pesquisas de Verein für Sozialpolitik. L. Devoto promovió la medicina del trabajo, una nueva asignatura con intenciones claramente preventivas, considerando “el trabajo como verdadero paciente”.

 

Estos intereses de estudio empezaron en los mismos años de la propuesta de los principios de “organización científica del trabajo” por F.W. Taylor y de la “administración general” por H. Fayol. La visión funcionalista de la sociedad, de la empresa y del trabajo industrial, que las teorías de Taylor y Fayol ya presuponían, se convirtió en la orientación explícita de la démarche de las Relaciones Humanas iniciada por E. Mayo y su escuela, en la Gran Crisis de 1929-30. Este nuevo enfoque supo conjugar el “modelo clásico” de la organización con la “flexibilidad” y la “satisfacción en el trabajo”. Con su difusión, el énfasis fue puesto sobre la “integración” de los trabajadores en el sistema, mientras que los estudios sobre la fatiga en el trabajo desaparecieron y la medicina del trabajo se alejó de su principio fundador.

 

Entre los años 40 y 60, G. Friedmann intenta reatar el hilo del bienestar, frente a los excesos del “maquinismo industrial” y a las condiciones de alienación, oponiéndose simultáneamente al taylorismo y a las Relaciones Humanas y, designadamente, a su fundamento funcionalista. Él propone una Sociología del Trabajo como enfoque largamente interdisciplinario (a pesar del título), cuyo primer paso es constituido por el control de la salud física y mental del trabajador, a la cual se añaden a continuación intervenciones positivas, orientadas hacia una “triple valoración: intelectual, moral y social”. A finales de los años 40, una nueva corriente de estudio del trabajo se funda en Inglaterra: Ergonomics. Ella es presentada como un encuentro interdisciplinario, reagrupando los conocimientos biomédicos, psicológicos y tecnológicos, con vista a “adaptar el trabajo al Hombre”. En los años 50 ten principio en Francia y en Bélgica Ergonomie sobre una base igualmente interdisciplinaria, cuyo objetivo es el de “comprender el trabajo para transformarlo” y cuyo enfoque se demarca de lo anglosajón, por su estudio de la “actividad” del operador en las situaciones concretas de trabajo. La casi-contemporaneidad del nacimiento de estas corrientes, de los temas friedmanianos del bienestar en el trabajo y de la redefinición de la salud en términos positivos por la OMS, conduce a la hipótesis de existencia de influencias entre estos programas, aunque probablemente indirectas. A lo largo de las décadas siguientes, no encontramos siempre, sin embargo, un desarrollo de las propuestas iniciales en los desarrollos articulados de la sociología del trabajo y de la ergonomía.

 

La noción de bienestar y su relación con el trabajo tienen por lo tanto una larga historia y no lineal. Hay que tener también en cuenta las diferentes interpretaciones que en relación a eso ocurren. Seria, designadamente, erróneo creer que las teorías del “modelo clásico” de la organización no tenían en cuenta el bienestar. Taylor y Fayol, o F.B. Gilbreth, pero también H. Ford, se preocupaban con esto explícitamente. Sin embargo, su forma de ver el bienestar y el trabajo implicaba que el trabajador realizara su bienestar al máximo, adaptándose plenamente a las exigencias del sistema. Igualmente, para las teorías de la flexibilidad y de la satisfacción en el trabajo que se desarrollaron a partir de corrientes de las Relaciones Humanas y hasta nuestros días, el bienestar es un estado que debe necesariamente derivar de la optimización del funcionamiento del sistema. Lo atestiguan diversos estudios que, a partir de los años 50, ponen el énfasis sobre las relaciones entre “motivación, productividad y satisfacción”, entre “stress y conflicto de papeles”, o sobre la “calidad de vida en el trabajo”.

 

Las teorías que presuponen la predeterminación del sistema no pueden, evidentemente, integrar el bienestar en el sentido indicado por la OMS. Pero ya no son las teorías del “actor” que pueden suministrar los utensilios para una concepción del trabajo, integrando la prevención primaria. Para estas teorías, la situación de trabajo es una “realidad socialmente construida”, reconocible a posteriori: el actor se opone al sistema, pero desde que este último existe, con sus constreñimientos. La definición de la OMS del bienestar como proceso perfeccionable, requiere una teoría que concibe el trabajo, a su vez, como proceso, intencional, siempre en cambios y susceptible de mejora, para permitir integrar el bienestar en su concepción y en su transformación continua, por los propios sujetos implicados. Aquí está el reto de las asignaturas del trabajo frente al bienestar.


Bruno Maggi