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Artículo incluido en la edición Volumen VIII :: No.2 :: 2012

APROPRIACIÓN


Los cambios, las transferencias, las innovaciones que experimentamos de manera acelerada en nuestras sociedades interrogan nuestra facultad de apropiarnos de lo nuevo. La transmisión y el aprendizaje de saberes tradicionales o de gestos técnicos, las “desviaciones” de objetos habían ya planteado la problemática de la apropiación en los estudios de lingüística (en particular Chomsky, 1971), psicología (en especial los de Piaget, 1967), antropología (Mauss, 1950; Leroy Gourhan, 1973; Creswell, 1976; Haudricourt, 1987; Warnier, 1999; Putman, 1999, etc.). Sin embargo, han sido los trabajos más centrados sobre nuestras relaciones a los objetos técnicos, objetos de producción y/o sistemas de trabajo (desde Marx, 1872; Baudrillard, 1968; Perriault, 1989; De Certeau, 1990, etc.), los que suscitaron la necesidad de entender estas “trayectorias de uso” que hacen que adoptemos o no un artefacto.

La noción de apropiación tomó así cuerpo a medida que se afinaban los marcos analíticos que trataban de indagar la relación sociedad-técnica, y a medida que se incorporaban las nuevas tecnologías en nuestras vidas. En particular, se vuelve objeto de estudio en sí con la emergencia del paradigma socio-constructivista que demuestra que lo técnico es inseparable de lo social. Todo objeto o dispositivo es el resultado de un proceso socio-técnico (Ackrich, 1993) donde “humanos” se apoyan sobre “no-humanos” (Latour, 1992) para construir una visión del mundo material (objetos y/o sistemas técnicos) o “simbólica” (procedimientos, reglas, etc.). En esta perspectiva, los ergónomos de la escuela francesa, en particular, permitieron develar que el proceso de diseño o desarrollo de un objeto técnico no finaliza en las puertas de las manufacturas, sino que prosigue en su uso (Béguin, 2004; Rabardel, 1995; Baudin, 2012, etc.), a través de las prácticas de las personas que los hacen vivir, los difunden, y/o les dan una segunda vida. Este cambio de paradigma que permite considerar el objeto no como una entidad física acabada, finalizada, sino como una co-construcción socio-técnica y situada, generó naturalmente la necesidad de entender y explicitar el fenómeno de apropiación como proceso inherente a las dinámicas de transformación que introduce la técnica. “Los actores no son pasivos […] sin sus implicancias y sin la apropiación de herramientas, los cambios sencillamente no pueden hacerse” (Bernoux, 2004 cit in Cuvelier & Caroly, 2009, pp.57-58, traducción libre). Asimismo, el desafío actual no es tanto poder “adaptar los sistemas técnicos a las personas”, sino de poder entender las formas de hacer y pensar de las personas en contextos específicos en los cuales el sistema técnico deberá integrarse para tratar de anticipar las formas de apropiación (o no-apropiación) que suscitará.

En efecto, la noción de apropiación trae consigo la premisa ya establecida por los sociólogos, antropólogos y antropotecnólogos que postula que no existe “vacio técnico” (Béguin, 2007). Una innovación técnica, un cambio organizacional, una transferencia tecnológica, se arraiga en un contexto cultural, social o cognitivo pre-existente en el que existe una “memoria local de desarrollo” (Geslin, 2002) que va influyendo las formas de percibir, de dar sentido y de actuar con los nuevos dispositivos. Asimismo, el desarrollo de objetos técnicos y/o simbólicos debe tomar en cuenta la dinámica de las prácticas existentes para poder funcionar. La apropiación cuestiona así no solamente el desfasaje entre lo prescrito y lo efectivo (adaptación), sino que obliga en pensar los procesos intermedios que son las formas de entender y percibir lo prescrito y las formas de actuar, de vivir con ellos en contextos particulares  (apropiación).

En las definiciones que se elaboraron de la apropiación, se puede distinguir tres niveles analíticos: en un nivel micro, la apropiación, considerada como proceso cognitivo, está descrita como un mecanismo recursivo donde un individuo, según sus representaciones, el tipo de reglas y los recursos que suele movilizar en una situación, interpreta y actúa con un nuevo dispositivo. Esta acción con el dispositivo va a reactualizar sus representaciones, transformar las reglas y recursos necesarios y/o sus formas de movilización, lo que le permite ajustar sus acciones hasta una cierta estabilidad de la configuración cognitiva (Paquelin, 2009). Asimismo, en un segundo nivel, la apropiación es también una construcción de sentido. “Hay apropiación cuando los actores logran darle sentido a una invención inicial” (Alter, 2000, p.69, traducción libre), cuando se logra “integrar en la vivencia de un individuo o un grupo” (Paquelin, 2009). Así, según el contexto, la persona o un grupo va a percibir y/o elegir las posibilidades de acción propuestas en el dispositivo (noción de affordance de Gibson, 1977) para darle sentido en el transcurso de la acción, transformarles en potencialidades de acciones o “potencialidades de situación” (Paquelin, 2009), según su intencionalidad (Quéré, 1999). Finalmente, a nivel macro, la apropiación convoca la mutación de las organizaciones sociales, de las prácticas de una comunidad dada, lo que supone regulaciones colectivas y difusión. Esta dimensión supone su inscripción en dimensiones espaciales, temporales y sociales de las nuevas prácticas y a veces vuelve a cuestionar el sentido dado a una comunidad, sus valores y representaciones. Es así que muchas tecnologías han generado cuestionamiento sobre comunidades profesionales.

Sin embargo, la conceptualización del fenómeno de apropiación no se puede hacer en uno u otro de estos niveles, sino en la articulación de los mismos. En la intersección de las distintas disciplinas que constituyen una “ciencia del Hombre colectivo” (Wisner, 1997), la apropiación convoca en su análisis lo individual y lo colectivo, lo local y lo global, y las interacciones complejas que se tejen entre estos niveles. Asimismo, se la observa en el transcurso de la acción (Theureau, 2004), en las situaciones de uso (Suchman, 1990), en la génesis instrumental y profesional (Rabardel, 1995; Béguin, 2007) que genera. Fenómeno complejo que cristaliza el proceso y su resultado, su aprehensión debe hacerse en una lectura dinámica, en sus iteraciones entre prácticas establecidas y prácticas desarrollándose.

Para tratar de sintetizarla en una frase, podríamos decir que la apropiación es una “dinámica continente y contenida en la acción que limita y a la vez habilita un sujeto […]. Es un acto de “trans-formación” mediante el cual un sujeto, en su dimensión individual y colectiva, co-construye situaciones de efectuación de su proyecto” (Paquelin, 2009, p.260, traducción libre).

Finalmente, cabe destacar que la construcción del marco conceptual de esta noción sigue construyéndose. En particular, la concepción de la apropiación como proceso cuya temporalidad es definida, finalizando cuando son formadas rutinas estabilizadas, o cuando su uso está adoptado (Houze, 2000; Proulx, 2001; Cuvelier & Caroly, 2009) parece discutible, en la medida que se observan en los objetos constantes renovaciones de gestos y prácticas según los contextos y las “intenciones-en-acción” (Quéré, 1999). Una tecnología puede ser apropiada por una comunidad en un momento dado y para un objetivo específico pero dejar de serlo en otras circunstancias. Dejamos así el debate abierto, pues pensamos que la apropiación no es el proceso anterior al uso (Baudin, 2012), sino una dinámica del uso siempre cambiante.


Carole Baudin